Crónicas

Treinta años después, la «Insurrección» sigue viva— El Último de la Fila resucita en Marenostrum ante 18.500 almas

26 Abr 2026

Pasadas las diez de la noche del sábado 25 de abril, el tiempo hizo algo que no estaba previsto: se detuvo. En el Castillo Sohail de Fuengirola, con el Mediterráneo como único testigo posible, las 18.500 almas que abarrotaban el recinto de Marenostrum contuvieron la respiración cuando las pantallas gigantes encendieron su particular videojuego vintage: una cuenta atrás con peces y pulpos, con las caras pixeladas de Manolo García y Quimi Portet incrustadas como personajes invencibles. Y entonces, sin artificios ni grandilocuencias, sonó «Huesos». Treinta años después de su último concierto juntos, El Último de la Fila regresaba a un escenario. Y lo hacía, como siempre, por la puerta de atrás: con una canción de Los Burros, aquella banda jurásica que ya contenía el código secreto de todo lo que estaba por venir.

No era nostalgia, era la constatación de que hay músicas que el tiempo no puede oxidar porque están hechas de un material más noble que la moda. Manolo García, hiperactivo a sus 70 años, se plantó en el escenario con una chaqueta que se quitó a los pocos minutos, un pañuelo de colores al cuello y esa voz rota que parece no haber pisado nunca el siglo XXI. A su izquierda, Quimi Portet, sobrio, de movimientos contenidos, camisa blanca arrugada y vaqueros, como si acabara de salir de una sobremesa cualquiera, probablemente así fue. Porque este regreso, como confesaron, nació en una de esas comidas sin prisas donde las heridas se cierran y las guitarras vuelven a afinarse. «Es un honor estar aquí, desde el 95 que no estábamos en esta configuración», soltaron desde el escenario, y el público respondió como se responde a los viejos amigos: con un rugido.

El repertorio fue un cañonazo directo a la memoria colectiva. Tras el arranque audaz con «Huesos» y «Conflicto Armado» —dos cortes seminales de Los Burros—, Manolo García pronunció las palabras que helaron la sangre: «Como dijo Fray Luis de León hace cuatro siglos, o Unamuno tras salir de la cárcel: como decíamos ayer…». Y sin pausa, atacaron «Querida Milagros», la carta triste del soldado Adrián que nos devolvió a una España donde la mili era aún un horizonte posible. El público coreó cada estrofa con una emoción que no se ensayaba: se sentía. Poco después, un «no a la guerra, sí a la paz» resonó con una vigencia escalofriante antes de que «Mi patria en mis zapatos» terminara de elevar el vuelo. Habían pasado tres décadas, pero esas letras no han envejecido un solo día.

Y luego llegaron los fogonazos que convierten un concierto en un ritual. «Aviones plateados» y «El loco de l a calle» sonaron con arreglos aflamencados que tiñeron la noche de duende mediterráneo. «Mar antiguo» iluminó el recinto con un océano de móviles en alto, ese gesto contemporáneo que sustituye al mechero pero conserva intacta su liturgia. La banda, con dos baterías como mandan los cánones del rock añejo, sonó impecable, engrasada, como si no hubiera pasado un solo día desde aquel lejano 1996. Y en «Sara», la noche se partió en dos: el vocalista presentó a su hija, que empuñó la guitarra eléctrica en la canción que lleva su nombre. No fue postureo ni gesto ensayado. Fue paternidad convertida en electricidad.

«¡Lo estamos pasando bien, hostia! ¿Volver a tener 25 años? ¡Tampoco importa tanto! Ahora estamos más contentos que unas castañuelas», arengó el cantante a una multitud que ya era pura entrega. Y no mentía. Durante dos horas y diez minutos, Fuengirola se convirtió en un consultorio sentimental a cielo abierto. Sonaron «Dios de la lluvia»«La piedra redonda»«El que canta su mal espanta» y una veintena de cortes que repasaron sin nostalgia barata la columna vertebral de una discografía que es patrimonio nacional. «Cómo mola que cantéis; es sanador. ¿Vosotros no cantáis en la ducha?», bromeó el vocalista, y la respuesta fue un coro de 18.500 gargantas que no necesitaban más argumento.

El cierre fue un puñetazo. Tras un amago de despedida y el preceptivo «¡otra, otra!» coreado a pleno pulmón, la banda regresó con «Como un burro amarrado en la puerta del baile», que hizo saltar hasta a los que estaban en la grada. Y entonces, cuando parecía que el éxtasis había alcanzado su pico, sonó el primer acorde de «Insurrección». No era una canción más. Era el himno definitivo, el que condensa en dos minutos y trece segundos tres décadas de silencio, el que transforma a un recinto entero en una sola voz que ruge contra el olvido.

El reloj marcaba pasada la medianoche cuando Manolo García y Quimi Portet abandonaron el escenario del Castillo Sohail. Atrás quedaban 18.500 personas que ya eran otras, y una certeza grabada a fuego en la brisa salina: hay canciones que no pertenecen al pasado, sino a un presente eterno que se activa cada vez que alguien las canta.

Lo del sábado no fue un regreso. Fue una «insurrección» contra el paso del tiempo. Y la ganamos todos.