El sábado 7 de febrero no voy a un concierto. Vuelvo a casa.
Cuando Celtas Cortos suban al escenario del Movistar Arena de Madrid para celebrar sus 40 años de «música y batalla», yo estaré allí donde siempre he querido estar: en la pista, con la garganta preparada para cantar, las piernas para saltar y el corazón abierto de par en par. Sin acreditaciones, sin cámaras, solo yo, mi gente y la banda que ha sido el sonido de mi vida desde que tenía uso de razón.
Los conocí a principios de los 90, con su segundo disco. «Gente impresentable» era nuestro himno no oficial, la bandera de una peña que se reconocía en esa descripción con orgullo. Pero hubo un tema instrumental que me cambió la percepción de la música para siempre: «Hacha de guerra». Sin una palabra, me voló la cabeza. Allí entendí que algunas verdades no necesitan letra para ser contadas.
Un Ford Escort, unos carteles recortados y una noche irrepetible
Mi primer concierto fue en San Roque 1993, mi amigo Juanma había personalizado su Ford Escort con los logos del grupo. La policía, al ver el coche, nos abrió las vallas pensando que éramos parte del equipo. El destino nos guiñó un ojo.
Después del concierto, nos quedamos charlando en el coche. Y entonces pasó algo que todavía hoy me cuesta creer cuando lo recuerdo: salieron ellos, vieron el coche, se acercaron… y acabamos yéndonos con la banda a un pub, hablando, riendo, tomando cervezas, compartiendo la noche como si fuéramos colegas de toda la vida.
Ese fue el primero.
Después vinieron muchos más…



La senda de los kilómetros y los recuerdos
Cada vez que los Celtas se acercaban por nuestra zona, no lo dudábamos, Alcalá de los Gazules, Dos Hermanas, Benalup, Málaga, Estepona, Algeciras, Estella del Marqués, Rute, Cádiz, El Bosque, Esparrago Rock Jerez, Montefrío, Tarifa, San Roque… Una geografía personal marcada por acordes y gritos. En Tarifa y San Roque, además, tocó con ellos mi amigo Pablinho de la Bahía. En algunos, intercambiamos saludos y palabras breves. En todos, intercambiamos energía pura.
Recuerdo especialmente un concierto en un pueblo de Córdoba, Rute, que cambió mi mirada para siempre. Fui con Isa, mi pareja, mi cámara analógica al hombro (esto eran los 90, amigos). «¿Puedo pasar al foso a hacer fotos?», pregunté al seguridad. «Sin problema». Y allí me encontré, a escasos metros, con Carlos Soto tocando «La Senda del Tiempo»… y allí, con la piel de gallina, en aquel foso, entre el sudor y el sonido, nació mi pasión irrefrenable por la fotografía de conciertos. La música no solo se escuchaba; se podía tocar.

El círculo se cierra, pero nunca termina
Este concierto de Madrid es distinto, sí, es el 40 aniversario, la gira va a ser legendaria y traerá invitados especiales. Pero para mí es una ceremonia de traspaso.
Voy con mi hija, será su primer concierto de Celtas Cortos (Es verdad que estuvo en el concierto de Algeciras con 2 años, pero de aquello ella no se acuerda). Esta vez lo vivirá consciente, con sus ojos, sus oídos, su corazón de adolescente. Y yo estaré a su lado, no como el padre que le muestra su música, sino como el cómplice que le comparte su historia.

Tengo casi todos sus CDs, camisetas oficiales y otras que nos diseñábamos para cada concierto. No hubo fiesta, «pinchitada» o boda en nuestra peña donde no sonara «20 de abril», «Cuéntame un cuento» o «La senda del tiempo». Su música es el adhesivo que mantuvo unido a un grupo de «gente impresentable» que creció, se dispersó, pero nunca se desconectó.

Epílogo para una nueva memoria
El sábado no voy a analizar luces, sonido o puesta en escena, voy a entregarme, voy a celebrar que, 40 años después, estos «juglares de autobús y furgoneta» siguen en la brecha, con las mismas ganas de contar historias.
Voy a cantar «Gente impresentable» con la rabia de los 20 años y la sabiduría de los 50, voy a cerrar los ojos cuando suene «Hacha de guerra» y voy a echar de menos a mucha gente cuando suene «La Senda del Tiempo». Pero sobre todo, voy a mirar de reojo a mi hija, esperando ver en su rostro el mismo destello que iluminó el mío en San Roque, hace más de treinta años.
Porque Celtas Cortos no son solo una banda, son la banda sonora de una vida. Y este sábado en Madrid, añadiremos un nuevo tema a esa lista infinita: el de la noche en que un padre le pasó el testigo a su hija, no con palabras, sino con acordes, con gritos compartidos, con la certeza de que algunas sendas del tiempo nunca se abandonan, solo se amplían.
Nos vemos en la pista… y en los bares.




