Hay luces que iluminan, y luego están las luces que se sienten. Lo que hizo anoche Fito & Fitipaldis en el Castillo Sohail fue de esa segunda especie: una iluminación que no se limitaba a subrayar acordes sino que respiraba con ellos, un sexto músico silencioso que convirtió el Marenostrum Fuengirola en un enorme negativo fotográfico. 19.000 almas apiñadas bajo una luna casi llena; Coki, un batería de Fuengirola que se emocionó al pisar su casa, y un líder que nos miró y nos dijo justo lo que necesitábamos escuchar. Así arrancó la última noche andaluza del Aullidos Tour.
Sonó «A contraluz» y todavía no éramos conscientes de lo que se nos venía encima. El recinto se fue a negro unos segundos, y entonces apareció él, Fito Cabrales, con la guitarra ya colgada, y en cuanto se hizo el silencio, soltó lo que todos estábamos esperando, o quizás lo que ni siquiera sabíamos que necesitábamos oír: “Buenas noches Fuengirola, realmente es precioso estar aquí arriba y ver todo esto, es increíble. Gracias por venir y por el cariño que nos dais cada vez que estamos por esta tierra” . Sin artificios, sin postureo: pura verdad saliendo de la boca de un tipo que lleva décadas firmando algunas de las letras más lúcidas del Rock en castellano.
Y luego, la tormenta: «Un buen castigo», «Por la boca vive el pez», «Me equivocaría otra vez», «Los cuervos se lo pasan bien». Diecinueve canciones que navegaron por tres décadas de un cancionero sentimental. La nueva savia de El monte de los aullidos —ese «Volverá el espanto» que suena a confesión íntima, «Cada vez cadáver» que ya es un clásico de sus directos— se entrelazó con los himnos de siempre. «La casa por el tejado», «Soldadito marinero», «Acabo de llegar»: cada estribillo era un abrazo colectivo, una constatación de que hay canciones que no necesitan pasaporte temporal porque nacieron eternas. Pero además del repertorio, brilló con luz propia la iluminación, columnas y juegos de haces que se adaptaban como un guante a cada ritmo y cada emoción. Las pantallas y los focos no solo ilustraban: narraban, envolvían el escenario en un dramatismo que pocas veces he visto tan bien ejecutado.
Llevo años cubriendo conciertos y he visto cosas increíbles. La gira de Robe en la Plaza de España de Sevilla me dejó una huella imborrable. Pero anoche, en el Castillo Sohail, sentí que había encontrado por fin a la altura de aquello, creando una estampa que era puro Rock y puro teatro a la vez.
Y en el corazón de todo ese latido estaba él, Coki Giménez, natural de aquí, de Fuengirola, cada golpe de bombo fue una declaración de principios, un latido que nos recordaba que la banda no estaba de paso, que estaba en casa, Carlos Raya deslizando el slide con precisión, los metales de Javier Alzola, el bajo firme de Alejando ‘Boli’ Climent, los teclados de Jorge Arribas y Diego Galaz a la guitarras, violín, vibráfono y coros— funcionaban como un solo músculo.
La traca final fue devastadora. «Entre dos mares», aquella pieza de Platero y Tú que Fito rescató para recordarnos de dónde viene, y «Antes de que cuente diez», convertida en un rugido unánime que todavía retumba en mi pecho. Luego, la despedida: «Ardi», la canción que cierra los conciertos de la banda, sonó como un saludo íntimo, un latido sin palabras. Y mientras los últimos acordes se disolvían en el Mediterráneo, las luces del castillo se reflejaban en el mar. Supe entonces que aquello no era un simple bis: era una carta de amor a una ciudad que los ha adoptado como propios.
Porque el sábado, en Fuengirola, no hubo nostalgia: hubo pura vida. Desde Fuengirola, desde su gente, desde el corazón mismo del Castillo Sohail, Fito & Fitipaldis nos recordaron que el Rock no entiende de edades, de modas ni de despedidas. Y que mientras haya Rock en directo, siempre habrá un lugar donde aullar.



